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26.4.07

La poza

Foto de la poza de aguas energéticas en medio de la montaña. Muy cerca de la poza se puede ver el Volcán Santamaría del Parque Nacional Rincón de la Vieja. Los árboles cubren la poza, algunos, como puede verse en la foto, están llenos de orquídeas, por estos días florecidas. Por estos árboles pasan en las tardes las familias de monos cariblancos y aulladores, que aprovechan las frutas de pan para una merienda a esa hora, los pedazos de frutas que caen al agua se lo disputan los peces (cíclidos) y los cangrejos marrones de agua dulce. El macizo del volcán Rincón de la Vieja, (que incluye al volcán Santamaría, en la foto), bloquea la luz del sol que desde el mediodía empieza a bajar en el oeste sobre la costa pacífica, de manera que en las tardes la luz en esa zona es indirecta, como un buen matiz de un agudo fotógrafo de cine. El atardecer de ese día en la foto.












Este lugar es uno de los secretos mejor guardados del boom turístico de Costa Rica. Ubicado a sólo treinta y cinco kilómetros al este de la ciudad de Liberia y a cuarenta y cinco de su movídisimo Aeropuerto Internacional, todavía no ha sido descubierto por los operadores turísticos y los desarrolladores de Bienes Raíces. Para llegar a la poza de la foto hay que pasar por unos potreros con unos árboles en los que casi con esa puntualidad aburrida de los animales de zoológico es posible observar bandadas de tucanes de pico arco iris. Después del mediodía, mientras el sol baja en el oeste decorando directamente las vidrieras de los condominios de un millón de dólares y ochenta metros cuadrados en la Costa de Oro del Oceáno Pacífico guanacasteco, a sólo 80 kilómetros de aquí, la luz en todo este sitio silencioso es indirecta, relativizada por el Volcán Rincón de la Vieja, que le da el nombre al parque nacional, uno de los más complejos en biodiversidad de este país que le dedica el veinticinco por ciento de su territorio a la protección ecológica por medio de Parques nacionales y Reservas. Salgo de la poza relajado y con la energía extrañamente al tope. Se me ocurre que si alguna vez esta zona es descubierta por los turistas extranjeros que por cientos de miles visitan la zona turística cercana y si alguna vez quieren conocer el verdadero bosque tropical lluvioso yo podía hacer un spa holístico en ese mismo sitio, ahora tan calmo y privado. Por unos dólares más yo hasta podría predicar alguna de esas corrientes en las que ahora no creo, hasta podría ponerme una túnica como de Carlos Castaneda y lanzar a los cuatro vientos un credo mercenario de balances y chacras y puntos de luz, lo que fuera. Hasta podría disfrazar a algunas personas del pueblo de indios Guapinoles (no se molesten en googlearlo, los acabo de inventar) para que realicen sus milenarios ritos, que como todo misticismo "pret â porter" que se aprecie deben ser adecuadamente remunerado y luego vendrían las sesiones para iniciados con peyote y ayahuasca. Digo, algo así bien Feng shui y ecléctico, y, lo más importante, bien atractivo para esa masa ansiosa de no llevarse su dinerito de vuelta a sus ricos países. Pero, mientras lo descubren los turistas y sus valedores ya estoy contando los días que me faltan para poder volver a bañarme en esa poza silenciosa y sombreada que de verdad me recargó las pilas, esperando que está vez si pasen los monos cariblancos o los aulladores, prometo que si llegan cuando yo estoy les tomo unas fotos.


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