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24.7.07

2 años

El 27 de julio se cumplen dos años del primer post en este blog. Me parece que
-como dije hace un año- aparte del fondo y de la forma todo ha estado bien. Gracias a todos por pasar y por estar.

18.7.07

Jannis toda de negro

No asisto al concierto de buena música que en esos momentos se celebraba bajo la carpa de un circo. No voy y no me disculpo. Ante la duda: la mala educación. Me afirmo en la falta de consideración. Soy un desconsiderado, ergo existo. Jannis es la anfitriona de ese bar guau de vinos en donde recalé, (ay Janis Joplin, aquí está tu Jimmy Hendrix, quiero decirle pero en ese momento se me olvida el nombre del guitarrista y no me sale la broma que pudo haber servido para romper el hielo o para hacerlo más frío).
Cuando estudié en La Haya yo era un fan de los vinos sudafricanos, en ese momento Holanda era uno de los pocos países en el mundo que no practicaba el boicot al régimen de Johannesburgo. Esa noche me reencuentro con el vino sudafricano en el menú de ese “Wine bar”, género gastronómico al que dice adscribirse este sitio de moda. Pido un “chardonnay-semillon” , después, la botella generosa me daría la oportunidad de comprobar que estaba de rechupete, hasta me hizo sentir levemente intoxicado con esa euforia supermaniana que hace días no padezco, pero no fue por el vino, fue por el recuerdo de aquel tiempo en Holanda. Y luego dicen que la geopolítica no afecta la vida personal de cada individuo. Noto que le falta introspección a este blog. Jannis, la anfitriona del bar, está vestida toda de negro como si fuera la supervisora de piso de alguna tienda Zara, me imagino sus piernas fortalecidas por ese constante subir y bajar a los dos subterráneos en donde está la cava, en sus tours con los clientes que repite decenas de veces cada noche. Todo sea por la comisión. Es que la vida es una venta, es que el oxígeno es una comisión. Perdón por las digresiones de mi mente que recuerda sus (mis) épocas de vendedor de culpas al portador. Le sigue faltando introspección a este blog. Si esto fuera una película de George Romero algunas criaturas con apariencia de zombis saldrían de la oscuridad de esos sótanos para devorar a las personas que contemplaban las botellas colocadas en esa especie de “pupitres” mientras escuchaban la charla de ventas de Jannis y ella saldría al piso del bar cubierta de sangre, pero viva y jadeante, y entonces algún antihéroe asumiría el papel de salvador, bueno, ¿era de Romero o de Troma la película? Si esto fuera una película de David Lynch o de Cronenberg entonces, mejor no sigo. Sí, no hay duda, le hace falta introspección a este blog. Jannis me mira con seriedad, con esos ojos rigurososo de joven mujer que sabe que a la vida hay que meterle el diente como a una guayaba sin madurar, lo sabe ella y lo muestra con esos ojos desde los que en una tarde despejada es posible divisar ambos oceános del país. No sonríe. Se nota un dejo de superioridad forzado en su forma de andar, en su forma de dirigirse a sus compañeros de trabajo. La entiendo. Siempre te entendí Jannis. Hay algo en las mujeres que son descaradamente hermosas que despierta la comprensión en los hombres, en algunos al menos, de los más insensibles. La botella de chardonnay sudafricano se agotó, Jannis ya se ha ido, su turno finaliza a la medianoche, algo nuevo descubrí hoy, digo aparte de su nombre. El auto se dirige a mi casa con una prudente dexteridad como si lo conduciera una buena persona.

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Los dibujos de India



Vuelven los dibujos al estupendo blog de mi comadre India Ning

Lo único malo es que en mi caso me pone el listón muy alto, o más bien debería decir muy largo, y luego la decepción es mayor de lo que sería.

2.7.07

Domingo en el Hiper

-“Mirá mis manos -Susana me enseña las palmas en proceso de perder la piel que las recubre-, es un daño provocado por el hígado”-, dice reclamándome con sus ojos inquisidores en medio de su mirada triste, más a mí que a ninguna de sus vísceras. Yo soy más culpable que un hígado. Saco de la bolsa trasera del pantalón la receta que me prescribió el psiquiatra la semana pasada. "Mirá mi receta, soy un estudiante universitario y oficialmente un paciente de depresión"-, le digo con talante serio. Intento que mi mirada logre transmitir con la misma elocuencia el mismo mensaje implícito en su mirada de hace unos segundos. Ella es más culpable que todas mis aletargadas serotoninas. Ya lo dijo Paz con esa contundente precisión de los buenos poetas: “Soy inocente cuando soy culpable, culpable cuando soy inocente”. Con el cuerpo se deja hacer lo que con la boca continua negando. Ella no quiere, dice con la boca más visible que habla con una mejor dicción que su otra boca que es puerta y habla menos, pero es más dominante y había dicho sí de la manera autónoma con la que esta boca expresa su voluntad. Muy poco después retoma paulatinamente la compostura, volvía a ser ella misma: su voz se tornaba pausada y melancólica, sus ojos se poblaban de una especie de sabiduría insólita e inesperada, se podía apreciar de cerca su actitud contemplativa frente a la vida. Mientras yo dormitaba, ella inmóvil a mi lado con la vista fija en el cielo raso, mostraba esa vocación mineral que tan bien le quedaba, con esa pasividad ajena a todo cuestionamiento que era su leit motiv, porque su leit motiv era su falta de leit motiv. Luego yo la examinaba una vez más con una calma fingida que disimulada mi resilente avidez, con detenimiento como si la tuviera que aprender para un exámen, como el que yo debería presentar mañana temprano en la Facultad, como si supiera la verdad que viene: que no la volvería a ver por muchos años, y que deberían ser esos recuerdos lo único que de ella guardara en la infiel custodia de mi memoria. Hasta ayer cuando la ví en la cola del Supermercado, vestida con lo que supongo es su atuendo normal de habitante del Midwest en los Estados Unidos, lugar donde ha vivido en los últimos dieciocho años con su marido que aún en este supermercado tan pacifista y cariñoso con sus clientes no ha perdido su rigor marcial de Marine, veterano de las primeras tormentas en el desierto. Sin razón aparente el extranjero me mira curioso, quizás como miraría a cualquiera otro de los "nativos" que estábamos pasando la tarde haciendo las compras domingueras. Desde una prudente distancia veo la forma como carga el six-pack de las cervezas con su mano derecha, tan diestra ayer en la tarea de tomar el pescuezo de los asustados soldados opositores y de permitirles que en último gesto pudieran apuntar con su lengua extenuada en dirección a la Meca. Pero Susana, entusiasmada con las revistas que desde cerca de la registradora contaban la actualidad banal de su país, el mismo que no visitaba desde hace años, no llega a verme. Es mejor así.

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