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23.10.07

Montecristo

Desde la colina observamos Ana Catalina y yo la puerta de atrás del Asilo Terminal de la Caridad, ese era el nombre oficial de ese lugar: mitad asilo, mitad hospital, mitad prisión psiquiátrica (sí ya sé que son tres mitades, pero eso era). Todas las noches a las 21:38, justo antes del cambio de turno, los funcionarios aburridos sacan los sacos con los pacientes muertos de rigor que luego recoge una camioneta de Protección Social. En ocasiones la camioneta se atrasa, pero no hay problema, ya los muertos están afuera esperándolos y sin necesidad de molestar a nadie, ciertamente no a los empleados del Asilo que ya aguardan en la pequeña estación de la vereda al autobús de las 21:50. Así los muertos, antes de recalar en su destino final de fosa común o de mesa de disección de la Facultad, pasan un rato a solas con el cielo y con las estrellas, si éste esta estrellado como un estofado. En su saco, donde no pueden observar el stucco pseudo medieval de las paredes externas del asilo, los muertos quedan a solas y libres, como quizás no lo hayan estado en mucho tiempo, es esa libertad inapelable e inútil que gozan los muertos. En realidad los cadáveres son dejados por fuera como se deja a la basura el día anterior de que pase el camión recolector, pero se me ocurre pensar bien y por eso dije lo de a solas con las estrellas. Yo los observo desde la colina, debajo del árbol que bota unas pequeñas nueces silvestres sobre las cuales a veces me siento, incomodando mis nalgas y las otras, las más escuetas de Ana Catalina. Es posible que en las mañanas las ardillas deambulen por aquí con esa alegría natural e inexplicable de los roedores. No estoy seguro, sólo he estado por acá de noche. Ana Catalina habla de sus ejercicios: sus steps, sus aeróbicos, sus poncios pilatos; torturas autoinfligidas en el culto al dios líquido del sudor o a sí misma. En mis audífonos suena Dvorak en una grabación del sello “Deutsche Gramophon”, no supe nunca el nombre de la orquesta, la música la bajé de Internet, ahorrándome varios trámites y aranceles. Veo desde la oscuridad el despreocupado ritual de cada noche de los funcionarios. Puede ser que algún día aparezca un Montecristo, alguien que rompa el saco para escapar. Pueda ser. Y que desde un saco roto surja algún famélico espadachín. Esa noche sucedió. Debo pensar en cosas buenas, estoy en una de esas épocas en las que todo lo que pienso me sale. Escuchamos el ruido de un cuchillo rompiendo el material del saco, ví a un tipo levantarse con un poco de dificultad, estaría entumecido, luego, siempre con una notoria renquera, se dirigió por la misma calle hacia el sur. Bajamos de la colina, impulsados por el asombro, (muertos de miedo, lo reconozco, pero no por eso más lentos en nuestra persecución). Lo seguí a cierta distancia, el tipo continuaba caminando con dificultad, yo me acercaba cada vez más. La persona, aún no estaba seguro pero me pareció que era un hombre y no una mujer, seguía avanzando con problemas.
No lo ví volver la vista atrás, aún así dijo con una voz cascada: ¿Por qué me sigue? – cuando terminó de hablar sí viró la cabeza.
-¿A dónde se dirige? – le pregunté inspirado por esa misma negación del terror que muestran los protagonistas de las películas de terror, héroes reluctantes en busca de alguna redención que es canónica en la industria guionística.
-No es de su incumbencia -repondió grave y severo, antes de desplomarse sobre el pavimento de ese callejón oscuro.
Procedí a ayudarle, lo tomé de los brazos, mis manos quedaron llenas de un líquido pegajoso y húmedo que hedía a azufre. Se levantó, se tambaleó un poco, y luego siguió caminando.
-Espere, espere -grité con desespero, el callejón seguía oscuro, mis manos ardían ahora por el contacto con el líquido verde y azufroso.
-Aléjese -gritó con una voz profunda y grave, (sí, era un hombre, tenía una voz como la de Darth Vader con menos asma, o con más salbutamol).

Me quedé detenido. El hombre -supongo que aún le cabía esa denominación- caminaba con dificultad, tenía unas vendas en las piernas que le estorbaban al dar los pasos. Lo ví cuando cayó de nuevo al suelo un poco más adelante. Dudé pero me acerqué al ver que esta vez no se movía. La luz indirecta de un farol de la esquina le iluminó el rostro. –Es mi padrastro, -gritó Ana Catalina antes de desmayarse sin ceremonia. En la acera quedaron los dos cuerpos tirados. Por pudor cubrí el hombro descubierto de ella, aunque antes de hacerlo dí un corto vistazo. Muy corto.

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4.10.07

Seguir luchando

Francesco Alberoni es un connotado pensador italiano, que editorializa todos los lunes desde la primera página del "Corriere della sera" . Me encontré esto en una revista local, que a su vez lo tomó de alguna fuente no especificada. Lo pongo para compartirlo con ustedes y para ver si yo mismo lo atiendo.


Lucha siempre, por Francesco Alberoni

Me ha ocurrido muchas veces que he dejado a un amigo o conocido en condiciones desastrosas, ya fuera de salud, económicas o de trabajo. Y me he preguntado con miedo cómo habría hecho para resistir, en que habría acabado su situación. Y muchas veces, reencontrándolo después de años he descubierto que estaba bien, alegre lleno de vida, con una nueva actividad, a veces con una nueva esposa o un nuevo marido. Y he entendido que, en realidad, no podemos decir que la vida de una persona está acabada, porque todos poseemos enormes capacidades que no utilizamos y la vida siempre nos ofrece una nueva oportunidad, antes impensable.

Cuando estás durante derrotado, o cuando enfrentas una enfermedad mortal, te alejas de la realidad, te repliegas en ti mismo; es un poco como si estuvieras muerto. Y cuando te recuperas, cuando te curases como si te fuese dada una segunda vida, y te invade un deseo febril de hacer, de tener nuevas experiencias. Un amigo mío, que se recuperó de un tumor considerado incurable, se compró un bellísimo con el que sale a navegar por el Mediterráneo. Otro ha escrito un libro que ha tenido un éxito inesperado.
Por eso nunca hay que decir: “No hay nada que hacer”; “qué se le va hacer, no puedo tener hijos”; “que se le va hacer, no me gradué”; ”qué se le va hacer, me llegó la menopausia”; “qué se le va hacer estoy jubilado”.
No tiene sentido: es como decir “qué se le va hacer, se terminó la liquidación”. Si la liquidación se terminó, hay otras infinitas posibilidades de compras. Y no hay que perder tiempo en lamentarse de no tener más esto o aquello, ni de rumiar nuestros errores o las maldades que han cometido los demás. Errores cometemos todos y todos padecemos de maldades ajenas. No se trata de ser optimista solamente: tenemos que hacer las cosas que nos gustan, que nos estimulan, e ignorar las demás.

No hables con los que te resultan antipáticos, con los que te irritan, y no veas películas que no te interesan: evita los programas de televisión que te fastidian.
Y si encuentras algo que realmente tiene valor, lucha por realizarlo.

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