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31.10.08

Expresionismo gastronómico


El nuevo estado de él le permite dedicarle mucho tiempo a cosas simples, cosas que no tienen ninguna utilidad aparente, ni no aparente, puede, por ejemplo, hacer una lista de las diferencias entre la ella: Fabiana, la anfitriona en un restaurante en la capital y la ella de ahora como anfitriona de un bar en la costa caliente de la costa del Pacífico, puede censar las diferencias en su sabor, en su olor, en la textura lisa de su piel, en el tamaño y el tono “Pantone” de sus ojeras. A ese tipo de cosas se puede dedicar su mente, puede, por ejemplo, establecer una sútil diferencia entre el regusto que le queda después de pasar la lengua por sus pechos: el aftertaste era más neutro cuando ella vivía en San José, en la costa tenía más influencias marinas (-Y, ¿ no será que se te está saliendo la solución salina? -No tienen solución salina, son de silicón-respondía inexpresiva). A mediados de los ochentas, Paul Bocusse habría creado toda una nueva escuela en la Gastronomía; basada en los gustos tenues: el sabor sutíl de las manzanas fritas a manera de papas fritas (siempre serían pommes frites, el lenguaje le agregaba otra dimensión al hechizo de un artista que aparente no lo utiliza para sus creaciones). Ese regusto nuevo de las manzanas sustituía con menos vehemencia el sabor más rotundo de las papas fritas, y eso fue unánimente celebrado como una de las grandes innovaciones gastronómicas de su tiempo. Una innovación que surgía luego de muchas décadas de inmovilismo –tuvo que aparecer Olivia Newton–John con su canción “Physical” para que la preocupación por la comida sana y el ejercicio se extendiera globalmente, esta tendencia hizo posible que una cocina liviana fuera vista como algo muy necesario, en esa ola se montó Bocusse para aparecer retando el status –quo. Después vendrían otras propuestas que entrarían a la palestra por ese resquicio que abrió Bocusse y su “Nouvelle cuisine”. Siempre ha sucedido así en el arte: desde una particular iniciativa creativa un rompedor reta a lo tradicional – en este caso con la cuisine clásica francesa, inalterable desde Escoffier y desde antes, con esa rigidez canónica que pide desechar la carne y conservar el tocino- y luego se detapa la caja de las sorpresas , en donde empiezan sucesivamente a depositar sus nuevos conjuros los nuevos aprendices de brujos quienes , despojados por fin del corsette de lo clásico, creen ver en su disciplina una tábula rasa a su alcance para que hagan lo que a sus divinas creatividades les parezca. A algunos hasta les sonríe el éxito, muchos –la mayoría- se conforman con intentarlo, produciendo entre todos una revolución en la disciplina artística, que – como toda revolución- ya trae consigo desde su primera aparición las semillas de las subsiguientes contrarrevoluciones y hasta –horror de horrores- la latencia seminal del neoclasicismo, ese volver a la semilla casi atávico. Pero no, el narrador no quiere abrumarlos con detalles de su pasado como crítico gastrónomico. Bueno solo un poco más: Bocusse supuso la primera gran revolución al canon clásico que se mantenía inmóvil, luego aparecieron otras iniciativas, otros -cómo no- Ismos , con Fusiones y con toda esas corrientes que nos han llevado a la actual vanguardia de "deconstrucción" y de nitrógeno líquido y de lecitina emulsificante y del transglutaminase como engrudo. Sí , todo muy parecido al arte. En el caso de Fabiana, la estancia en el calor más de la costa le agregaba nuevas sabores más vehementes y definitivos a su cuerpo de mujer que nunca pareció encontrar la calma difusa ni el sosiego perezoso, ese cuerpo que contenía nuevos aromas, colores y hasta texturas, - un sarpullido cubría parte de su cuello y espalda-. Pero,¿Quién era él? ¿Un antiguo crítico gastronómico penando en esa costa triste y lluviosa? O, acaso, ¿un simple titiretero? o ¿un limitado ventrilocuo que solo podía hacer que de la boca de la marioneta salieran unos cuantos suspiros de desacomodo? Ahora él debe descansar, se olvida de las teorías, pero no del expresionismo gastronómico: Fabiana en su jugo, servida tibia sobre una cama de polycotton de 100 hilos.

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28.10.08

La incomunicación eterna.

" Las malas películas no tratan sobre ninguna idea, las películas mediocres tratan sobre muchas ideas, las buenas películas tratan sobre una sola idea"
Sabiduría convencional de la industria del Cine (que es una mejor forma de decir que no me acuerdo donde lo leí).


El mito de la torre de Babel, ese drama perfectamente aristotélico en su narración, que desde siempre ha sido el resumen humano de la incomunicación, está, según algunos estudiosos, asociado con la pérdida, ocurrida en algún punto en la prehistoria de los homínidos o sus antecesores, de la capacidad de comunicarse entre sí sin hacer ningún ruido como lo hacen aún muchas especies de animales. En la evolución toda pérdida es más bien un intercambio, así que esta forma de comunicarse con sus interpares fue “sacrificada” en aras de una nueva forma de comunicación que supuso la utilización de ruidos de diversa índole y que finalmente devino en la verbalización de la manera como lo hacen los homo sapiens sapiens modernos. Pero, ese periodo de transición, ese apagón paulatino y temporal de las posibilidades de comunicación que se prolongó mientras se adquirían las nuevas y más sonoras destrezas, ha dejado un trauma impreso en el inconsciente colectivo.
“Babel”, la película dirigida por el mexicano Alejandro González Iñárritu y escrita por su compatriota Guillermo Arriaga, explora con inusual destreza ese trauma primal de no ser comprendido, ese “angst”, anclado posiblemente en la parte más reptiliano del cerebro basal, que es causado por el sufrimiento que trae percatarse que los propios esfuerzos de comunicación no son propiamente descodificados por los otros miembros de la especie, es decir, que te hablo porque te necesito y no me entendés y vuelvo a hablarte y seguís sin entenderme; llamo al número de emergencias, porque en estos momentos estoy sufriendo una y la persona que me escucha y que habla con mi propio código no me entiende ni es capaz, entonces, de enviar la ambulancia a mi dirección. Esa asfixiante brecha en la comunicación que parece condenar a una sobrecogedora soledad que el ahora individuo no cree ser capaz de sobrevivir, de la misma manera que el lejanísimo antepasado animal no creía ser capaz de defenderse de las emboscadas de los depredadores, en ese momento en que se había nublado su capacidad para recibir las oportunas alertas silenciosas o de alertar al resto del paquete sin hacer un solo ruido.

Desde el título la idea del dúo Iñárritu-Arriaga está claramente planteada: “Babel” es una aguda referencia alegórica a la incomunicación y a la desesperada dolencia que ésta causa. Y a esto le dedica, disciplinada y entretenidamente, la película, con espacio sólo para unas pocas digresiones.

En el plano formal, la obra transcurre solventemente dramática, el lenguaje audiovisual -como decisión del director- crea y recrea la tensión con su talento natural de contador de cuentos. Aunque las tres historias paralelas del filme no se prestan para el recato selectivo, el director muestra la contención propia de los creadores maduros, alguno con menos capacidad de autocontrol quizás hubiera caído en la deliciosa tentación de agregar más elementos (integradores o digresivos) entre una historia y otra, alguno que otro fuego fatuo que un regisseur con menos madurez o capacidad de contenerse quizás si hubiera incluido. (Qué atrevimiento, creo que yo mismo hubiera incluido algunas referencias ocultas que ligaran a un sitio con otro: un cartel en dos paredes lejanas entre sí, quizás un leit-motiff solo para mi vanidad, pero, no me hagan caso el candidato al Oscar es Iñárritu). Sin embargo, esta madurez narrativa no hace a Iñarritu ni al director de fotografía Rodrigo Prieto renunciar a incurrir en el tan contemporáneo vértigo de la cámara “nerviosa” (en ocasiones parece como un camarógrafo de MTV con tres Red Bulls de más), a los contrapicados a toda velocidad, a los encuadres un poco menos que cuadrados. (La última escena en la que la cámara se aparta rauda del balcón del rascacielo es un dechado técnico que me gustaría saber cómo fue lograda).

La película pasa fluida y aferrada casi heroicamente en el empeño de tratar esa sola idea de la incomunicación entre seres humanos -que no han superado aún y que no lo harán en los próximos cien mil años en los que la capacidad cúbica de su masa cerebral crecerá el tamaño de una cucharadita-, en enseñar con tensión la vigencia de ese trauma ancestral, por siempre tributario de aquella primera caída de la comunicación, aquella imborrable Babel primigenia que nos sigue provocando pesadillas en las que estamos incomunicados en un desierto fronterizo, en una urbe despersonalizada o en las cuevas de los montes Atlas, incomunicados aunque estemos rodeados de muchas personas que hablan el mismo idioma.


No se pierdan la película.

6.10.08

Telegrama enviado

Señores Academia sueca stop Reitero mis sugerencias stop Terna (de cuatro) que incluye a un estadounidense, nacionalidad que ya fue descartada para el Premio de este año por un distinguido miembro de su cuerpo stop Phillip Roth - Antonio Lobo Antunes - Harry Mulisch y la cuarta de la "terna": Margaret Atwood stop

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