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8.7.09

La ensaladilla de Rania



para la pequeña Rania, ella no sabe ni porqué.


La pequeña Rania prepara algo con sus manos no muy acostumbradas al vaivén ligero de las tareas culinarias. Hoy cocinamos: ensalada rusa. Mezcla la papa, la remolacha, el apio comprados a precio de oro en el minisuper del pequeño pueblo costero, la zanahoria (quizás), en un bol con mayonesa y sal y pimienta. Lo hace sin perder su sonrisa, se va esta tarde de regreso a la capital y quiere dejarme algo para que lo coma en estos días, ella se preocupa por mí, incluso innecesariamente, mi tripa podría desmentir cualquiera de sus preocupaciones respecto a mi (falta de) alimentación, pero es el gesto lo que me queda esa noche en mi cama mientras trato de conciliar el sueño, esa noche en que no llovía pero tampoco lograba escuchar el ruido del mar. Esa noche me aferro a esa imagen: la pequeña Rania, justo antes de devolverse a la capital, preparando en la diminuta pila de ese apartamentito del segundo piso bajo el árbol de mango la ensaladilla rusa para mí. Lo pienso una y otra vez , es lo único que me protege ahora, esta noche quiero escapar de la cama, quiero escapar. El recuerdo de Rania guisando, (no debo decir
guisando), debo decir guisando para mí o más bien por mí, me contiene y casi me consuela.
Se ha dicho que el individuo se cuenta a sí mismo historias para salvarse de la verdad , de la realidad, (ya lo dijo T.S. Elliot existe sólo un monto limitado de realidad que el hombre puede tolerar), el ser humano se cuenta a sí mismo historias, se reza a sí mismo una sucesión de historias, de escenas, de hechos imaginados como ciertos, recordados con la insulsa nostalgia de la falsedad que es entonces una especie de poción generadora de ilusiones y de espejismos entre los que no se puede sacar la verdad, por que la verdad ya no es lo que fue y ahora es una mezcla –un “tejido de la realidad”-. Pero yo no me cuento a mí mismo historias de estas para sobrellevar la noche y llegar a la mañana, yo lo hago: Rania cocinando la ensalada rusa con sus manos sonrientes, con su fleco vibrante en su frente, haciéndolo solo por mí, que por un momento soy un ser que merece la atención irrestricta de alguien y su esfuerzo acompañado de sonrisas y flecos vibrantes, ya lo he dicho antes. Las historias que cuento deben ser suficientes no para corregir a la realidad - ¿qué, nos vamos a poner freudianos en este punto del viaje?- me cuento historias para el consuelo , para el olvido momentáneo del hecho de que después de esta noche vendrá la mañana con su intolerable luz que llama con sus notas luminosas de clarín cruel al trabajo y a la acción, a la misma luz que ilumina las esquinas oscuras de mi vida, sucias, llenas de polvo y pequeños trozos de papel , de pelusas de cobijas ajenas y olorosas, la luz que esclarece como un reflector las paredes y en donde puedo ver en toda su extensión el brote eruptivo de mi fracaso. Y Rania pensará hasta el día de su muerte que lo único que hizo fue una ensalada rusa.

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