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1.11.08

Playa Jacó



Recién llegado, el sábado antes del mediodía, lo primero que pude notar en la playa fueron las influencias nocivas de la globalización (levanto mi puño derecho hacia el cielo, en un saludo que también puede ser facista y empiezo a silbar la "Internacional" o algún jingle de Mac Donald's); por causa de lo que ocurre en China (el libro del mundo plano de Friedman ya se hizo viejo en mi altar de libros por leer). Resulta que el exceso no contemplado en el Plan Quinquenal de demanda de materias primas ocasionado por el despertar al consumismo (que termina de enterrrar al comunismo, lo siento, no es otro motivo más solemne) de más de mil millones de chinitos han ocasionado una severa crisis de aprovisionamiento en la industria de la moda de bañadores femeninos que ante la escasez de telas ha decidido heroicamente disminuir la parte de atrás de los mismos, en un esfuerzo digno de todo encomio por no dejar al mundo completamente desabastecido de tales prendas. Desde este Faro Tuerto hago votos para que la crisis productiva se solucione y no tengan los ilustres patricios de la industria del fashion que empezar a disminuir también la cantidad de tela a poner en la parte de delante de la parte de debajo de los bañadores de mujer. Así fue como pude comprobar otro hecho de la vida del siglo veintiuno: la diferencia entre las mujeres que usan sólo un sumergido y contestatario hilo en la parte de atrás de su vestido de baño y las que no lo hacen, no radica en el estado de las carnes y de la piel de persona, ni mucho menos en la edad o el atrevimiento o desinhibición de la persona, sino que radica en la fecha de compra del vestido de baño; todas las mujeres en la playa se podían dividir entre quienes habían comprado su vestido de baño en los últimos meses (coincidiendo con la crisis textil china) y las que habían salvado por más tiempo su vieja prenda de las agresiones de los elementos naturales y físicos y químicos y la conservaban desde hacía varios años, que eran, en esa playa abarrotada, una muy silenciosa minoría. La observación sirvió también para la confirmación empírica de lo que ya se ha dicho antes: “Uno de los rasgos más distintivos de la Cultura Pop Posmoderna es que si antes era más difícil encontrar la piel en el vestido de baño femenino, ahora es más trabajoso encontrar el vestido de baño entre la piel”. Previo a esta conclusión a Fukuyama se le ocurrió decir que la historia había terminado, por supuesto que no había terminado, como el mismo Francis debió reconocerlo tiempo después; sólo estaba, como el hilito, escondida (en alguna cueva de Afganistán o del desierto de Sudán, quizás, pero esa es otra historia). Unicamente en un bar esquinero con un nombre de marcada influencias liverpulianas tenían uno de los televisores -perfectamente visible desde la acera- dedicado al partido del Alajuelense, la multitud del lugar estaba compuesta por hombres con apariencia de extranjeros y por unas doscientas jovencitas dedicadas a la práctica de la segunda profesión más antigua del mundo (la más antigua no es, puesto que era necesario que sus clientes trabajaran en algo -ergo: la primera profesión más antigua- para que pudieran contratar sus servicios). En este bar de Playa Jacó las chicas conformaban una multinacional melànge de sexo trabajadoras de muchas nacionalidades: costarricenses muy jóvenes, dominicanas de bemba colorá y mofongo seco, argentinas que guardaban la bombilla del mate en su bolso, brasileñas morenas que se hacían pasar por dominicanas y ya decían “caltela” y “tostón”, nicaragüenses silenciosas y con la cara triste. Todas hermanadas por el culto al distinguido prócer que aparece en los billetes de cien dólares; no sé cuál es ahora, en el último que me dieron aparecía Tribilín. El personaje principal de la novela “Plataforma” de Houellebecq (no recuerdo ahora su nombre, digamos que se llamaba "Mersault") hace una defensa del turismo sexual, según la posición del personaje, las trabajadoras a menudo provienen de hogares muy pobres, prohibir su trabajo constituiría entonces una confiscación al único factor de producción del que son dueñas: su propio cuerpo. Esa noche las jóvenes salían acompañadas del local a consumar su trabajo formando un fluido muy dinámico que confirmaba la prosperidad del negocio. El partido terminó y yo dejé el local; es un decir, en realidad dejé la acera en donde había pasado más de una hora; en todo el rato no encontré a las muchachas colombianas que había visto más temprano en la playa, demasiada concurrencia en el local, o quizás, en el sentido más sano de la expresión, no fui capaz de reconocerlas con ropa, quiero decir con ese atuendo de luces que como todas sus interpares eran obligadas a llevar por las exigencias del mercado en el que ofrecían –según el decir del Mersault de Houellebecq- su propio factorcito de la producción (la pequeñita o no tanto "esquina del paraíso" que creen poseer). Caminé un rato por una parte de esta calle principal y todo me pareció más aburrido y convencional, ya visto: tipos drogándose en la calle, pleitos callejeros, drogadictos saliendo de las ruinas frente al mar en donde se atrincheraban durante el día, choferes imprudentes, borrachos tambaleándose. En la esquina, a unos veinte metros de donde me hospedaba, estaba una muchacha flaca de cara bonita con minifalda verde de punto que parecía exiliada del bar donde estaban las otras doscientas; un vicioso ataque de tos (casi pude ver su eczema broncopulmonar) le impidió responder mi pregunta, (bahh, no era nada importante, le había preguntado la hora o su tarifa). Me fui a dormir. Tres horas después me despertó el ruido de una persona tosiendo y vomitando en la calle al frente de la cabina me despertó tres horas después, recordé de inmediato algo que aprendí en mi época de Residente: la mayoría de las personas muertas por sobredosis de drogas fallecen atragantadas por su propio vómito; la persona seguía vomitando, yo ya no lograba dormir, me alegré de haber renunciado unilateralmente al juramento de Hipócrates (tenía los dedos cruzados en mi saco al momento de la Juramentación), los estertores de la persona desconocida no cesaban: Ya calláte River Phoenix, le grito levantándome de la cama, este no es el “Viper Room” y quiero dormir, no ve que estoy de guardia toda la próxima semana en el Hospital. Al cabo de un rato los ruidos de las arcadas fueron sustituídos por la sirena de una ambulancia primero y de una patrulla de la policía después. Imposible dormir así. Me levanto, salgo a la calle. La cara de la muchacha flaca de la minifalda verde seguía siendo bonita, aún.

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14.2.08


El tradicional post de este blog para del Día de San Valentín empezaba este año con una cita del afamado director de cine Ang Lee: «El amor es tortura. Si no hay dolor se trata de un sentimiento superficial. Sólo cuando sientes dolor sabes que es amor de verdad. Por eso nos dedicamos a torturarnos los unos a los otros». Pero, eso fue todo lo que la firma que patrocinó el post del año pasado estuvo de acuerdo en “esponsorizar” (se dice así, ¿no?) para este año. Y como aquí la única censura que se acepta es la que viene con tonos verdes no podemos dejar de acordarnos de los Tardelitos nuestro querido patrocinador:
Tardelitos los bombones de chocolate y guayaba que traen en sus brillantes envolturas los más azucarados poemas de Benedetti y Rodríguez. Colecciónelos todos y sea un experto en lo más dulce del amor, Tardelitos, el chocolate que lo empalaga de amor les desea a todos: Un feliz día de San Valentín



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28.1.08

Catasetum Maculatum (por esta vez macho).







              




La de arriba con forma de estrella es una Huntleya Burtii.

Dudoso, pensaba en los múltiples beneficios que el rechazo puede traer a la creación literaria cuando descubrí estas orquídeas florecidas entre las de la colección. Y como este año una parte de mí se ha empeñado en hacerle un campo, en abrirle un resquicio al pensamiento positivo, (uff, cuanto me cuesta mantenerme en este propósito, a cada rato siento que hay algo que me empuja a desdecirme) me pareció que estas bellas necesitaban un poco de mi atención: una foto,un post, quizás. A pesar de que vivo en Costa Rica, un país en el que sus habitantes mantienen un único idilio histórico con las más de mil cuatrocientos especies de orquídeas que se pueden encontrar en los cincuenta y un mil kilómetros cuadrados de su territorio, lo mío con las orquídeas es algo reciente.


Tienen las orquídeas una forma única de ganarse la vida – se dice así ¿no?- , para ellas la supervivencia de su especie depende de su capacidad de atraer a las laboriosas abejitas y demás insectos que deben ser atraídos al compartimento carnoso donde guardan su polen –“No money no honey”, dicen otras bocas con labios diversos también, pero esa es otra historia, aunque parecida-. Para asegurarse el traspaso de su herencia genética recurren algunas orquídeas a los artificios del olor, que hace, por ejemplo, que la euglossia, una simpática abejita, o mejor dicho abejito porque son solo los machos los que son llevados por el aroma al labio de la orquídea trigonidium, para que luego transporten sin saberlo el polen pegado en su espalda  propagándolo entre las otras plantas con el mismo olor, -que debe ser a algo así como a “chica euglossia salvaje”- . Al final y sin saberlo, el abejito cumplió con su misión, es decir la misión que le sirve a la orquídea que no ha tenido reparos ni escrúpulos en engañarlo con el fin de obtener su cometido. Como las orquídeas no son de las que se detienen ante nada recurren también a la belleza de sus formas y sus colores, es que ya lo escribió Dostoievski: La belleza es el campo de batalla donde Dios y el diablo pelean por el alma del hombre. O de los insectos, en este caso. Algunas orquídeas como el Catasetum maculatum (verlo en la foto de arriba, en su encarnación o mejor dicho en su floración como macho) pueden hasta cambiar de sexo según su conveniencia, así en una temporada pueden ser flores hembras, en la siguiente flores machos; esto depende de la cantidad de sol a la que sean expuestos dicen los científicos con esa forma morosa y prosaica que tienen de explicar algunos fenómenos que requerirían mayor emoción que razón.
Estos días las orquídeas de las fotos de arriba se han empeñado con sus colores y formas en desmentirme, en tratar de convencerme de que no es cierto que, como ya lo he contado otras veces, de mi mano: la santa, solo salgan los milagros que convierten el vino en agua y la poesía en chisme, pero, no sé si terminar de creerles a las orquídeas, es que son tan mentirosas, tan adeptas al engaño, sino que lo digan las inocentes euglossias macho.

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9.1.08

Confluencia

En la noche claroscura de ese restaurante de vinos al este de la ciudad, con una anfitriona vestida de negro que me mira y no me mira y que es toda una prueba más de que Dios existe y es hombre, clavo mi cara en la axila blanca de la mujer blanca que me acompaña en la mesa, descubro que huele a "Etienne". Aunque quiero olvidarme de mi trabajo, de "Etienne" no me puedo olvidar, como creativo publicitario me tocó impulsar el uso de este producto en el mercado nacional, mi mente, los frutos que con forceps verdes de ella se extrajeron ya han influido previamente en la mente de esta mujer de piel tan blanca, mi mente y su mente ya tuvieron antes de hoy una confluencia –que holístico, místico, o casuístico que ando hoy, gracias Castaneda, oh padre fundador, te debo un post, más con las revelaciones que la prensa internacional ha sacado en estos días sobre tu historia tan negra, basta de digresiones, bahh qué es la vida sino una digresión que se contradice tanto que a veces hasta se afirma, ahora sí basta. La mujer blanca que recién conocí hace dos o tres días con sus modales de funcionaria del banconacional, plataformade servicios, escritorio 3 , taburete 2, sanitario 4, con su rostro afilado, su media risa, ella y yo tuvimos un affaire antes de que los cuerpos confluyeran ya habían confluído las mentes, la tuvo ella: la confluencia con las ideas de mi mente expresadas en 31 segundos en prime time en 3 canales de televisión, esos frutos mercenarios de mi mente la instaron a confiar algo importante en el trópico como el desodorante en un producto hasta entonces desconocido, pero ni yo ni ella lo sabíamos hasta ahora mismo cuando mi cara se posa en su axila apenas humedecida. “La efectiva acción astringente del glutomato de bórax contribuye a desecar las cavidades...-, había dicho el manager de la multinacional de productos para el cuidado personal en el briefing a los creativos, es decir a mí, que se suponía que debía tomar toda esa lista de atributos físicos para convertirlos, por obra y gracia de mi mente que algunos consideraban prodigiosa y otros muy ociosa, en un mensaje que hiciera correr a las mujeres a arrebatar el producto de los estantes de los supermercados. Por alguna razón el color del envase y el del housestyle de la campaña me salió en un azul respeto, es decir muy oscuro, alejado del color rosado primaveral que es la norma en esta categoría de productos, romper la paridad –vaya término del gremio, bahh ya casi no ejerzo-. La fuerza que te dará poder es un pequeño cilindro de color azul policía que además es un desodorante, este es el energizante secreto que te convertirá en la Mujer Maravilla pero no lo digás que este es el secreto de todo superhéroe que se precie de serlo. "Etienne... I’ve got the power, tuum,tum,turum...", decía el jingle del comercial de TV que era muy tributario de alguna canción del techno pop de inicios de los noventas. Sabés, nuestras mentes ya han tenido una confluencia previa, antes incluso que los cuerpos -le digo con una sonrisa, parece emocionarse. Aprovecho entonces para preguntarle sin mucho disimulo por la chica de negro, la anfitriona de ese restaurante de vinos, la que era una prueba más de la existencia de dios, sabía que las dos eran muy amigas, por eso yo había escogido ese restaurante de vinos para esa primera salida, cuando ella escuchó mi pregunta pareció muy indignada, se levantó violentamente de la mesa y se fue sin siquiera despedirse, claro es que ella es una mujer maravilla que usa "Etienne".

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2.7.07

Domingo en el Hiper

-“Mirá mis manos -Susana me enseña las palmas en proceso de perder la piel que las recubre-, es un daño provocado por el hígado”-, dice reclamándome con sus ojos inquisidores en medio de su mirada triste, más a mí que a ninguna de sus vísceras. Yo soy más culpable que un hígado. Saco de la bolsa trasera del pantalón la receta que me prescribió el psiquiatra la semana pasada. "Mirá mi receta, soy un estudiante universitario y oficialmente un paciente de depresión"-, le digo con talante serio. Intento que mi mirada logre transmitir con la misma elocuencia el mismo mensaje implícito en su mirada de hace unos segundos. Ella es más culpable que todas mis aletargadas serotoninas. Ya lo dijo Paz con esa contundente precisión de los buenos poetas: “Soy inocente cuando soy culpable, culpable cuando soy inocente”. Con el cuerpo se deja hacer lo que con la boca continua negando. Ella no quiere, dice con la boca más visible que habla con una mejor dicción que su otra boca que es puerta y habla menos, pero es más dominante y había dicho sí de la manera autónoma con la que esta boca expresa su voluntad. Muy poco después retoma paulatinamente la compostura, volvía a ser ella misma: su voz se tornaba pausada y melancólica, sus ojos se poblaban de una especie de sabiduría insólita e inesperada, se podía apreciar de cerca su actitud contemplativa frente a la vida. Mientras yo dormitaba, ella inmóvil a mi lado con la vista fija en el cielo raso, mostraba esa vocación mineral que tan bien le quedaba, con esa pasividad ajena a todo cuestionamiento que era su leit motiv, porque su leit motiv era su falta de leit motiv. Luego yo la examinaba una vez más con una calma fingida que disimulada mi resilente avidez, con detenimiento como si la tuviera que aprender para un exámen, como el que yo debería presentar mañana temprano en la Facultad, como si supiera la verdad que viene: que no la volvería a ver por muchos años, y que deberían ser esos recuerdos lo único que de ella guardara en la infiel custodia de mi memoria. Hasta ayer cuando la ví en la cola del Supermercado, vestida con lo que supongo es su atuendo normal de habitante del Midwest en los Estados Unidos, lugar donde ha vivido en los últimos dieciocho años con su marido que aún en este supermercado tan pacifista y cariñoso con sus clientes no ha perdido su rigor marcial de Marine, veterano de las primeras tormentas en el desierto. Sin razón aparente el extranjero me mira curioso, quizás como miraría a cualquiera otro de los "nativos" que estábamos pasando la tarde haciendo las compras domingueras. Desde una prudente distancia veo la forma como carga el six-pack de las cervezas con su mano derecha, tan diestra ayer en la tarea de tomar el pescuezo de los asustados soldados opositores y de permitirles que en último gesto pudieran apuntar con su lengua extenuada en dirección a la Meca. Pero Susana, entusiasmada con las revistas que desde cerca de la registradora contaban la actualidad banal de su país, el mismo que no visitaba desde hace años, no llega a verme. Es mejor así.

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13.6.07

Perdón por la tristeza

Se encomendó a San Agustín: “Señor haz me casto, pero no todavía”. Los espermatozoides cuentan con sofisticados receptores de olor, algunos similares a los que se encuentran en la nariz. El óvulo tira una especie de una cuerda de pescar y atrapa al espermatozoide. Une belle dame sans merci, lo dijo ya Yeats. -"¿Estás seguro que el tal “Punto G" existe?- le habría preguntado a él- es que mi esposo, que tiene un doctorado en Biología Marina en Harvard, no lo conoce". A ella no la sobresaltó el regusto abrupto y tibio en su boca. En una pareja monógama el orgasmo no tiene ninguna ventaja aparente, pero si se trata de un ambiente en el que la hembra debe copular con muchos machos con el fin de evitar que sus crías sean dañadas, el orgasmo, (reforzando los apareamientos sucesivos con multiples compañeros) estimula la conducta que hace que las crías tengan más probabilidades de sobrevivencia. Ella era una mujer que sufría de sí misma. Él siempre estuvo intrigado por su historia. ¿Qué le había pasado en su pasado como groupie de orquestas tropicales? La cara de ella presta siempre para la ternura, sus mejillas abundantes, contrastaban con el cuerpo escueto y trabajado, era proclive a las faldas largas, a los colores oscuros, a las bebidas de frutas y a los hombres simples y vanidosos. Él tiene tiempo para preguntarse como todos los días en la mañana, en la noche, en la madrugada: ¿Quién soy yo? Debía utilizar señales de referencia para intentar definirse: soy por que estoy cerca de... , soy porque hago … En busca de su definición también pinta sueños que no ha tenido. Utiliza símbolos prestados, ajenos. En diversos estudios se ha comprobado que los distímicos tienen una forma mucho más realista de ver la vida que las personas funcionales. Se puede decir que la clave para la felicidad parece estar en tener la cantidad adecuada de “ilusiones positivas” en torno a la vida. Es decir, en la disposición de cada uno a creerse sus propias mentiras. Los depresivos tienen un punto de vista muy realista de la vida, la gente feliz tiene un adecuado nivel de engaño sobre su propia existencia. El depresivo se pregunta y le preocupa para qué sirve todo esto, cuál es el sentido. La vida entonces castiga la honestidad y premia la mentira. Vaya noticia. Esto es la Evolución y sus herencias desperdigadas por todas partes. Él se empeña en la repetición de las frases que de niño escuchaba repetir a su abuela: "lo que no me mata me hace más fuerte, lo que no me mata me trae más suerte, lo que no me ..." No puede señalar ni esclarecer con certeza cuál es la parte del cuerpo que duele, entonces le duele todo el cuerpo, (iba a decir, pero no lo dijo porque esta vez no era cierto: "una mujer me duele en todo el cuerpo" o "hay una esquina por la que no atrevo a pasar"); abatido, el único alivio posible es dormir, pero el acto de dormir contiene necesariamente el acto de despertarse y entonces el dolor es peor de lo que era antes y se olvida el alivio y sólo queda el dolor peor que antes ahí de nuevo incrustado en esa parte inubicable por taimada y por ubicua.

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